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ALEKS SYNTEK, LAS REDES Y EL ESPECTACULO

Maspro Michoacán A. C.
hace 9 minutos
2 min de lectura

Hay algo que debería preocuparnos más que las declaraciones polémicas de una figura pública: la facilidad con la que, desde las redes sociales, nos convertimos en jueces, especialistas, terapeutas y conocedores de la vida de personas a las que en realidad no conocemos.


El caso reciente de Aleks Syntek ha vuelto a colocar esta discusión sobre la mesa. Después de una presentación que generó críticas y de posteriores intervenciones en redes sociales, particularmente una transmisión en vivo que amplificó la polémica, miles de personas han opinado, cuestionado y construido explicaciones sobre lo ocurrido. Desde la mirada psicológica es muy importante establecer límites.


Una cosa es analizar un fenómeno social, hablar sobre regulación emocional, exposición pública, impulsividad, manejo de conflictos o consecuencias de comunicarnos bajo presión y otra muy distinta es diagnosticar o interpretar psicológicamente a una persona a distancia, sin conocer su historia, sin haber realizado una evaluación y sin existir un espacio clínico. Por eso resulta muy preocupante cuando vemos en redes sociales diagnósticos improvisados: “es narcisista”, “tiene un trastorno”, “está desequilibrado”, “claramente tiene problemas emocionales”. Estas afirmaciones pueden parecer verdaderas, pero muchas veces son únicamente opiniones revestidas de lenguaje psicológico.


El ejercicio responsable de la psicología debería ayudar a comprender la conducta, no utilizar el conocimiento profesional para etiquetar, señalar y juzgar públicamente. Una persona puede sentirse molesta, herida, enojada o frustrada. Eso es parte de nuestra naturaleza humana. Sin embargo, cuando somos figuras públicas, cada palabra adquiere una dimensión diferente. Un escenario, una entrevista, un programa de televisión o una transmisión en vivo no tienen la misma intimidad que una conversación privada. Lo que en un momento de desbordamiento emocional puede parecer una descarga, posteriormente puede convertirse en un video, un titular, un meme o una huella digital difícil de borrar.


¿Cuántas veces escribimos un comentario desde el enojo y después nos arrepentimos? ¿Cuántas veces compartimos un video para burlarnos de alguien sin preguntarnos qué estamos alimentando? ¿Cuántas horas dedicamos a investigar, discutir y juzgar la vida de personas que ni siquiera forman parte de nuestra realidad? Y no ocurre solamente con figuras públicas sino también con quienes no lo son. Nos indignamos con facilidad por la conducta de otros, pero pocas veces nos preguntamos qué dice de nosotros nuestra necesidad de observarla, comentarla y condenarla.


Antes de emitir un comentario sobre alguien, debemos preguntarnos qué está pasando con nuestras propias emociones y ocuparnos de nuestra vida. Las redes pueden ser una ventana para conocer el mundo, pero también pueden convertirse en una ventana por la que dejamos entrar lo que sea, sin filtro.



Por eso mismo, la verdadera responsabilidad no está solamente en lo que una figura pública dice frente a una cámara; también está en lo que nosotros decidimos hacer con aquello que vemos y escuchamos.

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