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Una pregunta a tiempo puede salvar una vida

  • Maspro Michoacán A. C.
  • hace 26 minutos
  • 3 min de lectura

Hablar de suicidio no lo provoca: lo previene. Durante mucho tiempo se ha tratado como un tema tabú, algo de lo que es mejor no hablar por miedo a empeorar las cosas, pero ocurre justo lo contrario: preguntarle a alguien de forma directa y con calma si ha pensado en hacerse daño suele aliviar su carga emocional y abrirle la puerta para pedir ayuda. Tampoco es cierto que quien habla de morir no llegue a hacerlo; la mayoría de las personas que mueren por suicidio dieron alguna señal antes de que ocurriera. Y aunque los trastornos mentales sin tratar son un factor de riesgo importante, el suicidio no es exclusivo de quienes tienen un diagnóstico: la desesperanza, el aislamiento o una crisis familiar también pueden desencadenarlo.


Esto no es un tema menor. En México el suicidio se ubica entre las principales causas de muerte, sobre todo entre los 15 y los 29 años, y ni siquiera la niñez está exenta: cada año se registran cientos de casos en menores de edad. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que el suicidio cobra cientos de miles de vidas al año, y que por cada muerte hay muchos más intentos que nunca se registran.


Detrás de esas cifras casi nunca hay una sola causa, sino una combinación de factores: trastornos mentales no tratados, un intento previo (el predictor más fuerte de todos), consumo de alcohol o sustancias, bullying, discriminación, violencia familiar, aislamiento social y acceso fácil a medios letales como armas o medicamentos. En niñas, niños y adolescentes, a esto suele sumarse un entorno familiar con poca comunicación.


Por eso conviene aprender a leer las señales. Que alguien hable de querer morir o de sentirse una carga, que se aísle de golpe de su entorno, que pase de la tristeza a una calma inusual, que se despida u ordene sus asuntos sin explicación, o que muestre cambios marcados en el sueño o el apetito son focos rojos que no deben pasarse por alto. En los más pequeños, estas señales a veces aparecen de forma distinta: en el juego, en el dibujo, en una caída del rendimiento escolar o en quejas físicas sin causa médica clara.


Si notas algo de esto en alguien cercano, lo primero es preguntar directamente y sin miedo. Después, escuchar sin juzgar ni minimizar, para que la persona se sienta realmente escuchada. En un momento de crisis, no la dejes sola, aleja de su alcance objetos peligrosos y ayúdala a conectar con apoyo profesional, ya sea una línea de crisis, un psicólogo o un servicio de urgencias; ese acompañamiento debe sostenerse en los días y semanas siguientes, no solo en el momento agudo. Cuando se trata de un menor, además, es clave validar la emoción sin validar la conducta de riesgo, mantener el diálogo abierto de forma constante e involucrar a la escuela o a profesionales de salud mental, en vez de asumir que es algo que la familia debe resolver sola.


Del mismo modo que existen factores de riesgo, también hay elementos que protegen: redes de apoyo sólidas, acceso a atención en salud mental, habilidades para regular emociones, un sentido de propósito y comunicación abierta en la familia. Y vale la pena recordar que acompañar a alguien en riesgo también desgasta, así que buscar tu propio espacio de apoyo no es egoísmo, sino parte de una prevención que se sostiene en el tiempo.


Si tú o alguien que conoces lo necesita, en México puedes marcar a la Línea de la Vida (800 911 2000), al Consejo Ciudadano (55 5533 5533) o, en la Ciudad de México, a Locatel (0311 o 55 5658 1111); ante una emergencia inmediata, el número es el 911. En Morelia puedes contar con: MASPRO (4432423316). Al final, el mensaje es sencillo: el suicidio, en la gran mayoría de los casos, se puede prevenir. Reconocer las señales, preguntar sin miedo y saber a dónde canalizar la ayuda puede marcar la diferencia entre una crisis y una tragedia. Nadie tiene que atravesar esto solo, y pedir ayuda es, siempre, un acto de fortaleza.

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